TESTAMENTO ESPIRITUAL DE RODOLFO CARDENAL QUEZADA TORUÑO
XVIII Arzobispo Metropolitano de Santiago de Guatemala
Varios sentimientos abrigo en mi espíritu cuando medito, cada día con mayor frecuencia, en la proximidad de mi muerte como aurora de una nueva vida con Dios nuestro Señor. Después de setenta y cinco años de edad, cincuenta y uno de sacerdocio y treinta y cinco de obispo recorridos a la luz de la fe, me parece que puedo cantar con el salmista: “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor” (Salmo 12l-22). A la luz de la fe cada día comprendo mejor y hago mías las palabras de san Pablo: “Para mí el vivir es Cristo y la muerte una ganancia”. Con san Agustín experimento la gran verdad de que: “El Señor nos hizo para Él y que por ello nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él”. Después de tantos años caminando a la luz de la fe siento ya necesidad de “estar con Él”, y me llena de paz y serenidad el estribillo de Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí, y en tan alta vida espero, que muero porque no muero”. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (salmo 88).
1. A todas las personas con quienes he convivido todos estos años humildemente les invito orar a Dios nuestro Señor por mí para darle gracias por todos los beneficios espirituales y de otra índole, que me ha concedido a mi paso por este mundo tan hermoso, creado por Él aunque afeado por el pecado. En estos últimos años, sobre todo después de haber podido celebrar mis bodas de oro sacerdotales, mi oración diaria ha estado caracterizada por la “acción de gracias”. Quisiera dar testimonio de todas estas gracias, pero son tantas que sería imposible hacerlo. El Señor lo sabe y yo lo he experimentado. Gracias por mi vida, por mis padres y familia, pero, sobre todo, porque sin el menor mérito y sin haberlo yo buscado el Señor me llamó a la fe, al sacerdocio ministerial, al episcopado y por medio del Siervo de Dios Juan Pablo II a la inmerecida dignidad cardenalicia. Por todo ello ruego que, en el momento de mi muerte, me ayuden todos a dar racias a Dios nuestro Señor, rico en misericordia.
2. Al Señor y también a las comunidades cristianas que he servido ministerialmente como sacerdote y como obispo, pido sincera y humildemente perdón por las faltas cometidas, por mis debilidades y limitaciones humanas, por los malos ejemplos y por todas aquellas tristes circunstancias en que no he sido, como debiera, verdadera representación sacramental de Cristo Buen Pastor. Al final de mi peregrinación terrena hacia Dios - lo digo con sinceridad- me duele no haber correspondido de una manera total y confiada a la misión que el Señor me concedió en toda mi vida. Es ésta una razón más para pedir a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosas y fieles laicos, que me auxilien con sus oraciones para que el Señor, rico en misericordia, me otorgue su perdón y me conceda su gracia misericordiosa.
3. En los momentos de dejar este mundo para ubicarme por la misericordia de Dios en su santa eternidad, confieso que muero en la fe católica y apostólica en que he vivido y recibido como un don. Considero que la fe, tanto como confianza en Dios o como aceptación de las verdades reveladas por Jesús, ha sido el gran motor de toda mi existencia. Por ello, porque Dios todo lo quiere y lo permite para nuestro bien, he querido que el lema de mi episcopado haya sido precisamente ése: “Fortes in fide”. En el momento de mi muerte hago pública la profesión de fe expresada en el símbolo niceno constantinopolitano, que he recitado en todas las celebraciones dominicales de la Sagrada Eucaristía. Más aún, acepto el credo del Papa Paulo VI al concluir el año de la fe. Acepto también todas aquellas verdades reveladas y definidas como dogmas de fe por el magisterio eclesiástico, especialmente la divina maternidad de María, su concepción inmaculada, su perpetua virginidad y su gloriosa asunción a los cielos. Creo y confieso que el obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro y Pastor Universal de la Iglesia, es infalible cuando se pronuncia “ex cathedra” en materia de fe y de moral.
4. A Dios nuestro Señor tengo que agradecer haber vivido y ejercido el ministerio sacerdotal y episcopal bajo los pontificados de Pío XII, del beato Juan XXIII, de Paulo VI, de Juan Pablo I, de Juan Pablo II y de S.S. Benedicto XVI, en cuya elección pontificia participé en el año 2005. Por el Papa oro todos los días para que el Espíritu Santo le ilumine y fortalezca en su ministerio petrino para bien de la Iglesia Universal. A todos estos Sucesores de Pedro les le he amado profundamente, les he obedecido como fiel hijo de la Iglesia y, a Dios gracias, su magisterio ha marcado mi vida de sacerdote y de obispo, procurando con la gracia del Espíritu Santo estar siempre en sintonía perfecta con el Sucesor de Pedro.
5. En su providencia infinita, quiso Dios nuestro Señor que, durante nueve años, me dedicara como Conciliador a buscar la paz en Guatemala, atormentada por un largo enfrentamiento armado interno. Acepté esta difícil misión, no sin antes contar con el aval de la Santa Sede Apostólica y de mis hermanos los Obispos de Guatemala. No niego que también me motivó el amor que profeso por mi patria de origen, patria que quisiera ver en una convivencia social justa y fraterna y por ello en paz. Estoy
convencido que cualquier otro hermano obispo a quien se le hubiera encomendado esta misión lo hubiese hecho igual y mejor. Recuerdo con especial gratitud una audiencia con el Papa Juan Pablo II, en que me animó a seguir adelante. Me siento obligado a recordar a doña Teresa Bolaños de Zarco (q.e.p.d.) por su invaluable ayuda y trabajo en la Comisión Nacional
de Reconciliación.
6. Confieso que me ilusiona encontrarme con los grandes discípulos de Jesús, a quienes durante mi vida he admirado, tratado de imitar y encomendado: a san Ignacio de Loyola, a santa Teresa de Jesús y al santo Hermanito Pedro de Betancourt. Me ilusiona asimismo encontrarme después de la muerte con todos los seres queridos que me han precedido en la profesión de la misma fe, especialmente con mi tío, el padre Jorge Toruño, y con los 35 obispos y arzobispos de Guatemala, pero de modo especial con monseñor Mariano Rossell y Arellano, con el Cardenal Mario Casariego y con monseñor Constantino Luna.
7. A todos los señores obispos, sacerdotes, religiosas y fieles laicos pido de todo corazón que me encomienden al Señor. Estoy seguro que lo harán. “En las manos del Padre, encomiendo mi espíritu”. Me asista en el momento de mi muerte, nacimiento a la vida eterna, el Señor Jesús, la Santísima Virgen María y el Señor San José.
Nueva Guatemala de la Asunción, en la fiesta de santa Teresa de Jesús, 15 de octubre del año 2007.
Rodolfo Cardenal Quezada Toruño.
XVIII Arzobispo Metropolitano de Guatemala.
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